Los microplásticos en el océano alteran las relaciones entre los depredadores y sus presas

Los microplásticos en el océano alteran las relaciones entre los depredadores y sus presas

La acumulación de plástico en el océano es evidente. De hecho, hace que lo sea la existencia de las denominadas islas de plástico flotante que, en ocasiones, pueden llegar a contener billones de piezas de plástico y pesar decenas de miles de toneladas. No obstante, el problema no está tanto en estos fragmentos de plástico, sino en los microplásticos, que se descomponen como consecuencia de las corrientes marinas y la radiación solar.

Ello se debe a que los peces y otros organismos marinos pueden ignorar la presencia de una bolsa de plástico, si bien no pueden librarse de ingerir estas micropartículas presentes en el agua, ya que muchos se alimentan filtrando el agua que las contiene. Así, este mecanismo favorece la ingestión involuntaria de plásticos que, al descomponerse, adquieren nuevas propiedades químicas que pueden poner en jaque el futuro de muchas especies.

Ingerir plástico puede conducir a graves bloqueos intestinales o jugar un papel clave en la determinación del sexo de los organismos que lo ingieren. Pero esto no es todo, pues también puede ocasionar daños en el sistema nervioso de algunas especies, lo que puede acabar afectando a la velocidad con la que responden a las amenazas, según reporta un artículo publicado el pasado mes de noviembre en la revista especializada Biology Letters.

En concreto, el trabajo, elaborado por Laurent Seuront, investigadora del Laboratorio de Oceanografía y Geociencias del Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS, por sus siglas en inglés), denota que la presencia de microplásticos en el océano puede “interrumpir” las relaciones depredador-presa, sobre todo en aquellos casos en los que es la presa la que ha ingerido estas partículas.

Estudios anteriores reportan ampliamente qué les sucede a muchas criaturas marinas que consumen plástico, una línea de investigación que comprende desde cambios en la morfología hasta en la fisiología y la biología de las especies. Sin embargo, pocos se han centrado en las relaciones interespecíficas que establecen entre especies diferentes.

Para la elaboración del trabajo, Sauront se fijó en la relación depredador-presa que se establece entre el bígaro común (Littorina littorea), una especie de molusco gasterópodo propia del océano Atlántico, y el cangrejo de mar común (Carcinus maenas), que puede hallarse en la zona noreste del océano Atlántico y el mar Báltico, aunque también ha colonizado hábitats similares en Australia, Sudáfrica, Sudamérica y las costas atlánticas y del océano Pacífico de Norteamérica, estando catalogado entre las 100 especies invasoras más dañinas.

El bígaro común está considerado una especie clave en los ecosistemas de los que forma parte porque es de lo que se alimentan muchas otras especies, sobre todo cangrejos. Este caracol de mar vive aposentado sobre rocas cubiertas de algas de las que se alimenta y, aunque no es consciente de ello, al ingerirlas, ingiere también fragmentos diminutos de plástico que son absorbidos por las algas.

El problema está en el hecho de que, antes de ser capturados por las algas, se adhieren a los microplásticos otras sustancias químicas y también metales pesados, con lo que cuando el caracol los ingiere, está a ingiriendo una sopa letal que no le dejará indiferente.

A fin de advertir las consecuencias de ello, Lauront y su equipo recolectaron muestras de agua, cangrejos y caracoles, y los analizaron. Esto les permitió observar que los caracoles que habían ingerido previamente microplásticos no reaccionaban de la forma esperada ante la presencia de sus depredadores, los cangrejos, que tenían más dificultades para detectar y evitar a sus depredadores.

Una reacción que, a su juicio, denota daños en el sistema nervioso de los caracoles, lo que es realmente preocupante teniendo en cuenta que los niveles de toxicidad del agua con la que realizaron sus experimentos eran equivalentes a los de una playa típica. Un hallazgo que, al final, da cuenta de la grave situación de salud en la que se encuentra el océano global, donde especies como este caracol se capturan también para el consumo humano.

Cada año se producen en todo el mundo más de 400 millones de toneladas de plástico, ocho de los cuales se vierten en el océano a un ritmo aproximado de 200 kilos de plástico por segundo. Una cantidad ingente de plástico que es transportada incluso a miles de metros de profundidad.

Fuente: La Vanguardia por Elena Martínez Batalla

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